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La Leyenda de Adhara
Bajábamos en barca por uno de los rápidos. Antón,
nuestro guía, hablaba sin cesar de todas las maravillas
que veíamos en nuestro recorrido.
-¿Veis muchachos aquel saliente?
Nosotros observábamos una de las grandes moles rocosas
que salían a nuestro paso.
-Se llama Adhara, en memoria de la única superviviente
de la "Guerra de las luces".
-¿"La Guerra de las Luces"? Nunca había
oído hablar de eso. ¿Qué pasó?
Antón paró la barca y nos hizo acampar en aquel
saliente llamado Adhara.
"Hace muchísimo tiempo estas tierras estaban
habitadas de pueblos itinerantes. Durante miles de años
todos caminaban lentamente desde el Este, hacia el Oeste,
siguiendo al Sol hasta ponerse. Durante la noche descansaban
de su fatigado viaje diario.
No tenían ningún destino fijado. No necesitaban
arraigarse. Su lugar era la tierra, y ésta era demasiado
grande y hermosa como para solo disfrutar de un pedacito.
De todos estos pueblos vagabundos, destacaban dos por su extraña
forma de concebir la vida: Orión (un pueblo cazador
de vida) y Can Mayor (amante de la noche).
Orión era un pueblo temido. Se le conocía en
toda la Tierra por su violencia. A su paso, toda la vegetación
languidecía, se secaban las fuentes, y los hombres
morían consumidos por las hogueras que los oriones
provocaban. Su rey era Rigel, un hombre desalmado que ansiaba
obtener todo el poder que la tierra ofrecía. Destacaba
sobre todo su pueblo por su corpulencia. Ansiaba la vida para
él. Su mirada era obedecida por todo su pueblo. Era
fría y dominante. Exterminaba cualquier designio de
vida que no le perteneciera.
Su estandarte era de color azulado, con una cabeza de caballo
en el centro, de color negro, con los ojos llameantes, rojo
fuego.
Can Mayor era conocido por muy pocos. Solo salían de
noche. En vez de caminar bajo la potente luz del Sol, como
el resto de los pueblos, ellos se desplazaban en la noche.
Sus ojos se adaptaban a la oscuridad a lo largo del atardecer,
y disfrutaban del camino entre las dunas del desierto. Ellos
se guiaban por las estrellas. Siempre mantenían su
vista inmóvil en la estrella más permanente,
la Polar, recorriendo los caminos sinuosos que las demás
estrellas les marcaban. Su rey era Sirio, antes mano derecha
de Rigel. Era un hombre ya muy anciano.
Su estandarte era blancoazulado, y en un lateral, destacaba
la cabeza de un perro pastor.
Sirio abandonó a Rigel el día que vio como
mataban a su propia esposa, Polar, a las pocas semanas de
dar a luz a su hija Adhara. Rigel no tenía mas que
12 años. Al ver que una mujer había engendrado
vida, que no le pertenecía, mandó a uno de sus
soldados matar a toda la familia de Sirio.
Era medianoche cuando Sirio se dio cuenta de lo que estaba
pasando; su mujer ya estaba agonizante, a punto de morir.
Había sido alcanzada en el pecho por uno de los rayos
del arco de Rigel, que había atravesado, la piel de
su tienda. Él la miró con un dolor indescriptible
en sus ojos, mientras ella le rogaba que se llevara a la niña
de allí, que la salvara para poder perpetuar la belleza
que la vida tenia que ofrecer al mundo, fuera del poder de
Orión. Sirio la miró por última vez,
tomo a la niña entre sus brazos y corrió en
la noche sin mirar hacia atrás ni una sola vez. Corrió
durante horas hasta caer desfallecido. Hincó sus rodillas
en la tierra, depositó a la niña en el suelo
y comenzó a llorar la pérdida de su esposa.
La había amado tanto, la amaba tanto... Fue un golpe
tremendo verla morir allí, después de haber
pasado casi toda su vida juntos. Eran aún unos niños
cuando iniciaron su amor. De ese amor, nació Adhara,
que ahora lloraba tendida allí presa del cansancio
y del hambre. Sirio no sabía que hacer. Sus lágrimas
no le dejaban ver todo aquello que le rodeaba cubierto por
la oscuridad de la noche. De pronto escuchó un ruido
cerca de él.
-¿Quién anda ahí?
Tomó a la niña entre sus brazos, obligándola
a callar y la apretó contra sí para darle el
calor de su cuerpo. El ruido se hacía cada vez más
próximo.
-¿¡Quién anda ahí!?- Se levantó
corriendo a la vez que un perro pastor hacía presencia
ante él. Sirio se quedó quieto, mirando al perro
a los ojos. Unos ojos blancos, como ciegos. El perro se acercó
a él con la calma de la brisa. Se sentó ante
él y aulló. De pronto en el cielo aparecieron
miles de estrellas formando una senda de luces, y en el Norte,
una de mayor de intensidad que decía su nombre. El
perro le invitó a seguirle. Los tres iban por el camino
que las estrellas les marcaban siempre dirección a
esa que tanto brillaba en el frente. La niña había
dejado de llorar. Incluso ahora sonreía, con un extraño
brillo que se reflejaba en sus ojos color esmeralda. Llegaron
a una explanada que estaba levemente iluminada por una hoguera.
El perro le indico con saltos y lloros que ya habían
llegado a su destino. Sirio dejó a la niña en
el suelo y se sentó a su lado. Unos hombres vestidos
de blanco aparecieron de pronto trayendo ropas y comida para
Sirio y un tarro de leche que habían templado en la
hoguera para la niña. Sirio no podía articular
palabra. Y los hombres tampoco le dijeron nada. Le dejaron
cambiarse de ropa y comer mientras el perro daba de comer
a la niña. Sirio les miraba con lágrimas en
los ojos. No dejaba de pensar en su esposa.
Sirio se quedó profundamente dormido. Se vio volar
sobre la tierra. La estrella del Norte le habló.
-Sirio. Mi amado Sirio. No he muerto. Estoy en ti. En la noche.
Estaré siempre al lado vuestro, mostrandoos el camino
de la vida. Yo seré siempre vuestro destino. Cuida
de Adhara. Enséñale lo hermoso de la vida, que
luche por la vida que cree vida. Ella sabrá siempre
el rumbo a seguir si con tu ejemplo y tus doctrinas le enseñas
lo mas preciado que el hombre tiene: la Vida.
Cuando Sirio despertó, era de día. La hoguera
se había extinguido. Adhara dormía bajo las
caricias del perro, el cual no había dejado de velarlos
en toda la noche. No había rastro de nadie más
alrededor, aunque sus ropas seguían allí, y
un nuevo tarro de leche aparecía ante él para
dar de comer a Adhara en cuanto despertara.
Así fue como nació el pueblo de Can Mayor. No
creo que sea necesario que os cuente, a que se debe su nombre.
Aquel perro se mantuvo siempre al lado de Adhara. Fue su guardián
mientras ella crecía. Sirio encontró en su lento
caminar, a gente que como él huía de la violencia
de Rigel. Se habían unido en su despertar a la vida.
Se movían en la noche, cuando la estrella Polar se
veía con su máxima intensidad indicándoles
el destino de su caminar. Mantenían siempre las mismas
distancias y las posiciones relativas con respecto a los demás
pueblos para no ser vistos durante el día. A la luz
del atardecer, cuando aparecían de nuevo las primeras
estrellas del día acabado, recogían sus escasas
pertenencias y comenzaban a caminar los senderos sinuosos
de las estrellas rumbo a Polar.
Durante todo ese tiempo, Rigel no cesó en su búsqueda.
Cuando descubrió que Sirio había huido con la
niña, se prometió a sí mismo buscarles
hasta darles muerte y mataría a todo aquel que se encontrara
a su paso. Había asolado cientos de pueblos, arrasó
a su paso bosques, secó ríos. Cada vez más
violentamente, porque su búsqueda era infructuosa.
Gritaba por las noches cuando veía que el día
se había acabado y las estrellas nacían para
obligarle a pararse. No dormía. Solo deseaba que llegara
el día y darles alcance cuanto antes.
Pasaron 19 años desde la muerte de Polar. Adhara era
ya toda una mujer. Había nacido hermosa. Tenía
los ojos más bellos que había sobre la tierra.
De un color verde esmeralda luminoso, y con unos rayos amarillos
que en la noche parecían del Sol, llenos de vida. Su
pueblo la adoraba. Su belleza era conocida en todos los confines
de la Tierra. Pero nadie, excepto su pueblo, había
conseguido verla. Todos los reyes de las pocas tribus que
quedaban con vida, deseaban conocerla para desposarse con
ella. Incluso Rigel ardía de deseos por tenerla antes
de matarla. Pero nadie sabía donde se encontraba el
Pueblo del Can Mayor.
En todo este tiempo, las tribus habían menguado. Algunas
incluso habían desaparecido, debido a las guerras que
Rigel mantenía constantemente. Las que aún seguían
existiendo era porque Rigel había dejado allí
su semilla, al haber poseído a la mujer más
bella de cada tribu y haber tenido descendencia con ella.
Él quería que toda la vida existente sobre la
tierra fuera de él. Y se preocupaba de que así
fuera. No abandonaba a una tribu hasta que no tenía
la certeza de que un hijo suyo quedaba allí. Y si la
mujer que poseía en un año no lograba quedar
embarazaba, montaba en cólera y arrasaba la ciudad
matándolos a todos.
Sirio era ya muy anciano. Cuando se le veía, parecía
un espectro blanco. La muerte ya rondaba su cuerpo. Sus ojos
se habían quedado secos. No había vuelto a llorar
desde aquel día en que murió su esposa. Ya no
podía seguir siendo el rey; ese rey que había
sido hasta entonces. Reunió a todo el pueblo un atardecer
antes de partir de nuevo a través de la noche, les
miró a todos, uno por uno. Observó a los niños
con satisfacción. Vio en todos aquellos niños,
la esperanza de vida reflejada en su rostro. Las mujeres les
cogían de la mano con la alegría de las madres.
Algunas estaban embarazadas. Nuevas vidas en poco tiempo.
Los padres deseaban esos niños. Les veía a todos
como si fueran uno solo. Este era el pueblo que él
había llevado a la Vida. Polar había sido su
guía durante toda su existencia. Antes en vida, amándose
como nadie lo había hecho nunca y ahora, como la estrella
más hermosa de todo el Universo, la única estrella
fija, de la que dependía el resto del firmamento.
-Hoy es el día más feliz de mi vida como Rey
de Can de Mayor. Os veo dichosos, numerosos. Somos el pueblo
más grande que existe hoy en esta Tierra. El pueblo
más feliz. Siento que mi misión ha terminado
hoy. Viendoos los rostros sé que puedo retirarme a
descansar ya para siempre. Pero antes quisiera dejar en vuestras
manos la elección de vuestro próximo rey.
El pueblo se entristeció al oírle. Se sentía,
cómo el murmullo de las lágrimas subía
de tono. Estaban desconcertados. Ellos eran lo que eran gracias
al esfuerzo de Sirio. Sin él habrían muerto
a manos de Orión.
Sirio levantó sus manos, intentando disipar la pena
que había cubierto a su pueblo. Les calmó con
sus gestos protectores.
-No sufráis, hijos míos. Yo siempre estaré
con vosotros hasta que la Muerte venga a visitarme definitivamente.
Y Polar no os abandonará nunca. Adhara os cuidará
mientras vosotros decidís que otro rey debe retomar
mi misión, para seguir enseñandoos a vivir.
Meditad bien vuestra elección. Me voy a descansar.
Sirio ya era uno de los hombres mas ancianos del Universo,
él representaría a la historia de la Tierra,
tenia conocimientos absolutos desde el nacimiento de la vida,
y poseía toda la sabiduría de su desarrollo.
Ahora sería un Quasar, el Quasar Sirio.
El pueblo se retiró en silencio. No sabían si
mirarse para intentar averiguar que pensaba cada uno. Aquella
noche todos caminaron cabizbajos. Adhara iba caminando con
ellos intentando hacerles sonreír. Los niños
saltaban con ella, corrían, reían; y los mayores,
la miraban agradeciéndola aquel bienestar que despertaba
en todos.
Aquella noche el camino andado fue corto. La despedida de
Sirio como Rey de Can Mayor los había dejado a todos
lentos en su caminar.
Llegaron a un río de aguas claras. En pocos minutos
el amanecer daría paso a un nuevo día. Estaban
cansados. Decidieron quedarse allí aquel día
para descansar con el rumor del río y cobijarse bajo
las sombras de los árboles. El calor que se aproximaba
con el alba, se hacía latente en toda la tierra.
Pasaron dos días antes de hacer manifiesta su decisión.
Eligieron a Chirón como portavoz de la noticia. Era
un hombre de mediana edad, de pelo blanco. Siempre había
estado al lado de Sirio. Habían sido como hermanos
desde que se conocieron una noche cuando huía del odio
de Rigel. Chirón pertenecía al pueblo de Ara.
Era un pueblo agricultor. Recorrían la tierra entera
y plantaban semillas de todo tipo, que con el tiempo crecían
y se convertían en comida para otros pueblos que por
allí pasaran. Rigel dio con ellos un atardecer en que
Chirón y su pueblo se habían demorado con una
plantación que requería un trato especial.
Rigel creía que lo que nacía de la Tierra, crecía
solo. Sin el trato de nadie, y por lo tanto le pertenecía.
Cuando averiguó que era el pueblo de Chirón
el que cultivaba todo aquello, le desterró de por vida.
Chirón sobrevivió a esa soledad puesto que era
un hombre sabio que conocía todos los misterios de
la tierra. Hasta que encontró a Sirio, el cual le brindó
su amistad y su compañía, asumiendo cualquier
problema que esto les pudiera ocasionar. Qué mas daba
si él estaba siendo también perseguido por el
odio aberrante de Rigel...
Chirón hablo con la amabilidad y la sabiduría
de las que estaba impregnado su corazón:
-Sirio, hemos decidido quien será nuestro Guía.
Todos, sin necesidad de llevar a discusión este dilema,
hemos decidido que Adhara sería la mejor Reina que
Can Mayor podría tener después de ti. Sus ojos
desprenden alegría y compañía, sus gestos
saben orientarnos en la más terrible de las oscuridades,
sabe, con solo una palabra, tranquilizarnos, y seguro que
con tu apoyo y tus consejos, sabrá conservar el poder
de la Vida entre nosotros.
Sirio sonrió. Él sabía que la eligirían
a ella como Reina. Miró a Adhara, y vio en ella algo
parecido al desconcierto, pero sus ojos le indicaban que aceptaría
la decisión de su pueblo.
Aquella noche, Sirio se pasó todo el tiempo enseñando
a su hija cual sería su obligación como reina.
Ella absorbía todos los conocimientos pero un poco
de miedo se reflejaba en esos ojos verde mar. Ahora sentía
que, a pesar de su corta edad, tenía la obligación
y la responsabilidad de sacar a un pueblo adelante con su
ingenio y su filosofía. Aun así, se sentía
protegida por la compañía de su padre, y la
constante presencia de su madre Polar. Al Alba, llegaron por
la orilla de Erídano hasta su desembocadura, Archenar;
un hermoso paisaje se contemplaba desde allí.
Adhara, se escapó al amanecer, buscando un lugar junto
al río alejado de su pueblo y poder sentirse arropada
al menos durante un rato por el sol nacido.
Rigel había pasado toda la noche allí en vela
y cuando decidió regresar para emprender la marcha,
fue cuando la vio.
Permaneció allí sentado, observando a aquella
preciosa mujer, cautelosa, que se escondía como asustada.
Cuando paso junto a él, salió de golpe ante
ella. Adhara quiso escapar, pero los ojos de Rigel la contuvieron.
Ambos se quedaron mirándose, como hipnotizados por
los ojos de cada uno. Rigel miraba los ojos de Adhara, y veía
en ellos la imagen del cálido agua del Mar, un verde
cristalino, iluminado por unos brillos amarillos que empequeñecían
a la luz del día. Adhara le miraba a él sin
atreverse a hacer un solo movimiento. Los ojos negros de él
se veían como si fueran un lago de profunda tristeza,
llenos de una oscuridad infinita, que atrapaban irremediablemente.
Ella le sonrío tímidamente después de
un tiempo que ninguno supo precisar.
-Buenos días, lamento haberte despertado con mis pasos.
-No, no dormía. Me iba de este lugar cuando te vi aparecer.
Rigel vio en aquella sonrisa reflejada en Adhara, algo tan
nuevo y diferente, que por un momento creyó que todo
aquello era un sueño o el efecto de tantas noches sin
dormir.
-¿Qué haces tan sola por aquí?
-Vine a disfrutar de los colores de la tierra bajo el sol.
Quería ver cómo despierta la vida. No puedo
hacerlo con mucha frecuencia.
-Sí, es una visión realmente bella. ¿No
puedes verlo todos los días?
-No. Dime ¿y tú?
-Bueno, no duermo en exceso. Vine a ver el amanecer, para
emprender el día.
Ninguno de los dos se atrevió a decir quién
era.
Caminaron en silencio algunos metros por la orilla de Erídano,
hasta encontrar un claro.
-Que hermoso es ver correr el agua, reflejando al sol. Por
el día, los sonidos son diferentes. Parecen melodías
creadas para encantar a quien las escucha...
Adhara hablaba con tanta suavidad que Rigel sentía
como la sangre se le aceleraba a cada palabra suya.
-Nunca había escuchado a la Tierra.
-Pon atención. Cada sonido, cada tono, se abre al día
ofreciendo tanto que no oírlo sería perdernos
en el vacío del silencio absoluto.
Rigel estaba confuso. Dentro de sí se movía
algo que no podía controlar.
-¿Quién eres?
Adhara avanzó hasta notar el agua tibia del río
en sus pies desnudos.
-¿Quién soy? Nunca me había hecho esa
pregunta. Soy el futuro de un pueblo que camina a oscuras
con una sola luz en el frente. Seré su guía,
seré la Vida prometida, la esperanza de un día.
-¿Y ahora? ¿Ahora quién eres, que me
haces sentir de esta manera tan desconocida para mí?
-Hoy soy hoy. Ahora soy ahora. Un momento, un instante, soy
presente, soy yo. ¿Y tú quien eres?
-¿Yo? Yo soy el pasado irremediable de cientos de personas.
Marco sus vidas a fuego y les niego el deseo de futuro.
-¿Se lo niegas? Sería como negarme a mí.
-Pasado y futuro. Pero eres hoy. Deseo serlo contigo. Desearía
entender las cosas con el verdadero significado que tienen.
Mirar las flores, y saber que son, porque sí, oír
el aleteo de un pájaro, escuchar como respiras mientras
te acercas a mí.
-Dejémonos llevar por la Tierra, el Agua, el Aire,
el Fuego.
-¿Cómo?
-Mira la Tierra, está bajo tus pies, deja que tu piel
se mezcle con ella. El Agua, únete a ella, se una gota
de este caudal. Respira el Aire, deja que se adentre en ti,
nota como recorre tu interior. Quítate las ropas, báñate
con el Sol, sus rayos, incidirán en ti y sentirás
el calor abrazando tu cuerpo.
-Somos Naturaleza.
-Somos Naturaleza hoy- repitió Adhara
-Quiero ser tú.
Parecían dos almas ligadas por sentimientos afines.
Ella paseaba desnuda por sus sentimientos y él ocupaba
sus espacios interiores.
Rigel iba perdiendo gradualmente su odio por su entorno, pero
aún no parecía dispuesto a aceptarse como ser
humano.
Adhara detectó la respiración acelerada de él
aunque su rostro no se alteró, y bajo la piel, el único
impulso vital que escapa al control de la voluntad de cualquier
hombre: el anhelo, el deseo de otro ser humano.
-Encontrarás la manera de conquistar la oscuridad que
me rodea. Alargarás tu mano, con toda seguridad, hasta
mi interior, y seré tuya.
El silencio se hizo denso, profundo. Rigel se acercó
a ella, acarició su mejilla y por primera vez regaló
una sonrisa que nació de él. La besó,
con la suavidad de la seda al resbalar por la piel.
Rigel la cogió en sus brazos, y la llevó hasta
un nido de ramas y hojas perfumadas que siempre estaba iluminado
por los rayos del sol hasta el mediodía.
El no dejaba de mirarla. Aquella mujer en tan solo unas horas,
había hecho lo que ningún otro hombre en toda
su existencia. Le había hecho sentir un ser humano,
por primera vez no odiaba todo aquello que le rodeaba, y por
primera vez, la vida que tenía junto a él, era
digna de mantenerse en todo su esplendor.
Descubrió su cuerpo, apareciendo ante él tan
hermosa y tan inocente que por un momento estuvo a punto de
retirarse para no hacerle daño, pero los ojos de ella,
le rogaron que se fundiera en él.
Pactaron con los pájaros, y sus gemidos se volvieron
cómplices del aire. No existía ni el tiempo
ni el espacio.
Adhara al descubrirle sitió una emoción intensa.
Estrenaba sentimientos uno por uno, era como ver el arco iris,
analizando cada color.
A media tarde, el cielo estaba despejado y luminoso.
Los amantes seguían arropándose con su abrazo.
No existía nada que no fuesen ellos dos. Seguían
amándose en el silencio de la vida que hasta ahora
ninguno de los dos había conocido.
Su unión se reflejó en el cielo. Una estrella,
apunto de extinguirse, explosionó, produciéndose
una luminosidad mayor que la unión de todas las estrellas
del firmamento.
Estuvieron largamente unidos, el uno junto al otro, hasta
que Adhara miró al cielo. El sol iba desapareciendo
bajo el horizonte y su luz se iba desvaneciendo, gradualmente.
Se levantó y se vistió rápidamente.
-El sol se oculta. He de irme.
El sol poniente incidió en los ojos de Rigel como la
punta de una lanza.
Rigel se vistió junto a ella.
-¿Volveré a verte?
Adhara le miró.
-Tú eres Sol, yo soy Luna. Cuando dejemos de ser lo
que somos y volvamos a ser humanos, volveremos a dejar de
ser uno, y seremos todo para el otro.
-No te vayas ahora.
-Lo siento, amado mío. Llegó la hora de irme
a mi lugar destinado. Quizá no vuelva a verte nunca.
Solo espero que enseñes en la Tierra, esto que nació
en nosotros, que alimentes la vida como me alimentaste a mí,
para que aumente la Paz y la Esperanza. Seguiré contigo
en espíritu.
La vio correr por la ladera del río, rodeada de una
luz blancoazulada. Corrió tras ella, pero en un recodo
del cauce, desapareció.
Rigel miró al cielo. Había anochecido. En ese
instante, una estrella fugaz. Recorrió el firmamento,
iluminando Archenar.
Volvió rápidamente a Orión. Había
perdido todo un día de marcha. Sus hombres le esperaban
impacientes, no sabían que le había pasado,
el por qué de su ausencia. Él los miró
a todos y los vio diferentes. ¿Había perdido
realmente ese día o había ganado una vida entera?
Uno de sus hombres, se acercó a él y le comentó
que estaban muy próximos a Can Mayor. Les habían
visto acomodados en un claro del río. Le habían
estado buscando durante todo el día para informarle
de la situación, pero no le habían encontrado.
Rigel olvidó de pronto a aquella mujer y lo que había
vivido con ella y regresó a su realidad, a su destino.
Can Mayor estaba cerca; dentro de nada tendría entre
sus manos a todo un pueblo que hasta entonces se le había
escapado con la rapidez de un pez. Pero era de noche de nuevo
y tendrían que esperar hasta el amanecer siguiente.
Adhara llegó junto a su padre cuando ya empezaba a
impacientarse por ella. Todo el pueblo estaba preparado para
salir. Sirio la miró. Advirtió en ella algo
diferente. Su hija procuró no dirigirse a él.
-Adhara.....
-Vámonos padre, Polar nos espera.
-Adhara, ¿dónde has estado?
-Paseando padre. Vámonos, nos están esperando.
Adhara salió de la tienda.
Sirio se quedó unos minutos pensando en lo que había
visto en su hija. Fue el mismo brillo que vio en su esposa,
Polar, la primera vez que se habían fundido el uno
en el otro. Pero sentía que algo no encajaba. Nadie
más faltaba de Can Mayor. ¿Quién sería
el que había producido ese brillo en Adhara?
Salió de la tienda. Algunos chiquillos recogieron sus
pertenencias y empezaron la marcha detrás de Polar.
Aquella noche, Adhara caminó a solas, silenciosa. Recordaba
cada momento aquellas manos que la habían recorrido
por entero. Sentía aún el sabor dulzón
de aquella piel al besarle. Algunas lágrimas brotaron
de sus ojos. Su verde se apagaba al ver aún la tristeza
de aquellos ojos negros, que la habían hecho sentir
como una mujer más.
Sirio caminaba tras ella. Veía su lento caminar ante
él y deseaba que nada oscuro se cerniera sobre ella.
Todos los integrantes de Can Mayor veían a Adhara diferente,
pero creían que sería por la nueva responsabilidad
que ahora tenía. Sería su reina, su guía.
Sabían que ella no se esperaba que ellos la necesitasen
como tal, y ahora su vida cambiaba para convertirse en Madre
de todo el Can Mayor.
Aquella noche Sirio decidió cambiar un poco su trayectoria.
Algo le decía en su interior, que un peligro se acercaba
sigilosamente tras ellos. Aconsejó a Adhara que camino
tomar. Aunque iban a mantener a Polar frente a ellos, iban
a desviarse un poco hacia la derecha, bordearían una
de las montañas por su cara más separada del
río y continuarían así algunos días
más.
Así fue como se fueron separando del pueblo de Orión.
Cuando los hombres de Rigel le avisaron que había perdido
a Can Mayor, éste montó en cólera. Su
odio se acrecentó y deseó matar a Sirio con
sus propias manos ante la presencia de su hija Adhara, para
que su sufrimiento fuera mayor.
Pasaron los meses, el cuerpo de Adhara iba cambiando, se fueron
redondeando sus formas. Algunas de las mujeres más
ancianas ya sabían por qué se producía
ese cambio. Adhara iba a ser madre. La noticia se extendió
por todo el pueblo, y llenó de alegría a todos.
Ella estaba siendo una inmejorable reina, y si podía
guiarles tan bien a ellos, estaban seguros que también
iba a ser la mejor Madre de la Tierra. Pero todos se preguntaban
lo mismo aunque ninguno lo había manifestado. ¿Quién
era el padre? ¿Quién había cautivado
el corazón de Adhara? Los pretendientes eran muchos
pero ella no había dejado acercarse a ninguno.
La noticia de la maternidad de Adhara se difundió por
toda la Tierra. Había llegado también a oídos
de Rigel. Una nueva vida iba a venir a la Tierra, y él
no había sido el creador de ella y además del
vientre de la Reina de Can Mayor, la mujer más hermosa
según todos los pobladores de la Tierra. Y él
no había tenido aún la oportunidad de verla.
Se desencadenó una fuerza, que encontró su punto
más álgido en la actitud hostil de Rigel que
sostenía como ley inalterable que la creación
de la vida sobre la tierra, el Universo, estaba en sus manos.
Fue entonces cuando Rigel decidió darles alcance aunque
tuvieran que caminar todo el día y toda la noche. Los
hombres más ancianos junto con las mujeres se quedarían
en algún parte del camino. Él iría junto
con los hombres más jóvenes y avezados en busca
de Sirio y su pueblo.
Su hombre de confianza le advirtió de la ceguera que
ellos sufrían en la noche. No sabían orientarse.
Se perderían irremediablemente. Pero Rigel, haciendo
uso de su habitual inteligencia, le dijo que seguirían
el cauce del río. Así no tendrían perdida.
Todos los pueblos bajaban al menos una vez a la semana a recoger
el agua que necesitaban para seguir su marcha. Les encontrarían.
Rigel reunió a sus hombres. Les dio las indicaciones
oportunas e hizo hincapié en algo.
-Cuando encontremos a Can Mayor quiero que los aniquiléis
a todos. A todos excepto, a Rigel y a su hija. Presentadlos
ante mí. Los quiero con vida, con la vida suficiente
para hacerlos morir entre mis manos.
Adhara estaba en su octavo mes de embarazo. El tiempo estaba
gris y ella se encontraba pesada. Le pidió a su padre
que pararan la marcha por aquella noche. Su padre le advirtió
que los hombres de Rigel les buscaban incesantemente, que
no podían parar ahora. Pero Adhara estaba teniendo
las primeras contracciones. El niño deseaba respirar
el aire ya por sí mismo.
Se acercaron al río. Algunas mujeres prepararon una
tienda especialmente para el nacimiento del hijo de Adhara.
Todos estaban ansiosos por ver al hijo engendrado por el secreto
de Adhara. Los hombres vigilaban los alrededores del lugar,
las mujeres tranquilizaban a los niños. Las más
ancianas calentaban agua y preparaban los enseres del niño.
Los primeros gritos de Adhara se empezaron a oír con
el alba. Un niño nacido en 8 meses, no podía
traer nada bueno. Los gritos se prolongaron durante todo el
día. Estaba siendo un parto difícil.
Los hombres de Rigel localizaron la posición de Can
Mayor, alertados por unos gritos provenientes del Norte. Informaron
a Rigel, y éste decidió atacar a la mañana
siguiente. Prepararon todo para una lucha a muerte.
Rigel mandó a uno de sus hombres más ágiles
para que le informara del por qué de aquellos gritos.
El hombre se acercó cuanto pudo a Can Mayor, esquivando
la mirada de la guardia formada por los hombres de Sirio.
Se acercó a un grupo de mujeres que estaban en la orilla
recogiendo agua, y las oyó decir que el parto de Adhara
traería más de una complicación. Se notaba
en el aire de aquella noche tan oscura.
El hombre salió corriendo, cauteloso para que no le
descubrieran y se presentó ante Rigel. Le pasó
las noticias, y se retiró a una orden de su Rey.
Rigel se quedó pensativo. Esperarían hasta que
Adhara diera a luz para atacar. Llamó a los guardias
y ordenó rodear a todo el pueblo del Can con antorchas.
No quería que nadie escapara de allí. Y una
vez rodeados no tendrían posibilidad de huir.
Adhara no podía resistirlo más. Los dolores
eran cada vez más agudos y parecía que el bebé
no podía salir. La comadrona y algunas mujeres más
estaban con ella.
-Venga Adhara, tienes que aguantar. El bebé está
a punto de nacer. Tienes que seguir empujando.
Adhara cogió aire, y antes de expeler su último
grito, pasaron ante sí las imágenes de aquel
hombre que la había amado ocho meses antes. Sus brazos
rodeándola, sus profundos ojos, la suavidad de su amor.
Se oyó un grito espantoso y todo quedó en silencio.
A los pocos minutos se oía el lloro de un niño
recién nacido.
-¡Ha nacido el niño de Adhara! ¡Ha nacido
el niño de Adhara!- gritaban algunas mujeres.
La comadrona salió con el bebé en brazos y fue
a mostrárselo a Sirio.
-He aquí a tu nieto, Fénix, un varón
hermoso y fuerte.
Sirio cogió al bebé con los ojos cristalinos
por las lágrimas contenidas, y le miró. Fue
en ese instante cuando reconoció en él el rostro
de su padre, Rigel.
Miró a la comadrona y preguntó por Adhara.
-Ella está bien. Ahora duerme. No ha sido fácil
para ella.
El informador de Rigel rápidamente corrió a
él y le contó lo acontecido.
Rigel sonrió. Ya eran suyos.
Se abría ante la Tierra un amanecer diferente. Parecía
como si se hubiera ralentizado el Sol al salir, y todo fuera
a cámara lenta.
En el cielo, se veía a la Luna ir directamente al Sol,
casi parecía que iban a abrazarse.
Can Mayor ya había detectado el círculo de antorchas.
Todo el pueblo esperaba las órdenes de Sirio, puesto
que Adhara no se encontraba ahora en condiciones de afrontar
el ataque de Orión.
Sirio se hallaba sumido en un amargo sueño. Rigel era
el hombre que cambió la luz de Adhara, él era
el padre de su nieto. Aquel hombre lleno de odio había
despertado en Adhara un sentimiento que nunca había
conocido a lo largo de su vida, porque estaba encerrado en
la destrucción de todo aquello que no hubiera sido
suyo. ¿Por qué Adhara no le dijo nada? ¿Qué
hacer ahora? ¿Cómo afrontar aquello? ¿Cómo
tomar decisiones acertadas para su pueblo ante el ataque de
un hombre que había mezclado su sangre con la suya
propia?
Los hombres de Rigel, se adentraron en el pueblo, con antorchas
quemaron las tiendas, obligaron a salir a las mujeres mientras
mataban a los pobres niños indefensos.
Los hombres intentaban defenderse como podían. No habían
sido enseñados a luchar; ahora lo único que
podían hacer era proteger con sus cuerpos a sus familias.
Algunos soldados de Rigel, tomaron por la fuerza a las mujeres
más jóvenes y las violaron hasta desahogar sus
instintos más bajos. Después las degollaron
y juntaron los cadáveres en el centro del pueblo junto
con los de los niños y hombres.
Orión era como una plaga devastadora, un huracán
que lo asolaba todo a su paso.
Rigel se acercó a una tienda grande que estaba situada
muy próxima al río en un saliente. El día
empezó a tomar un aire diferente. Sirio se encontraba
frente a la entrada y miró a Rigel.
-Sabía que tu ataque contra nosotros solo se podría
efectuar en el nacimiento más importante de la vida
de todos. Nos exterminarás pero lo mejor de todo es
que acabarás contigo mismo.
Sirio le hablaba con tanta serenidad que el odio de Rigel
crecía más y más.
-Sirio, hoy morirás. Yo mismo acabaré contigo.
Adhara oía a los dos hombres. Abrazaba a su hijo e
intentaba consolar su lloro. Quiso levantarse para defender
a su padre, pero las fuerzas la habían abandonado.
Las lágrimas salían de unos ojos ya acabados,
y corrían por sus mejillas ante el silencio de su boca.
Oyó a su padre gritar dos veces su nombre y el de Polar.
-¡Llevaos a Sirio! ¡Dejad su cuerpo junto a los
muertos de su pueblo! Que sus almas sepan que al final Sirio
no sirvió como defensor de sus vidas.
El Sol estaba cubierto en sus cuatro quintas partes por la
Luna. Una extraña oscuridad aumentaba rápidamente.
La brisa se detuvo. La temperatura bajaba, e incluso los animales
entraron en un estado de calma que preludiaba un extraño
anochecer.
Rigel se adentró en la tienda. Los soldados miraron
al horizonte espantados por la prematura oscuridad que se
cernía sobre ellos.
Cuando Rigel vio a Adhara, el sol estaba completamente cubierto
por la Luna y solo aparecía una incandescente corona
en su lugar.
Se quedó inmóvil ante ella. Su respiración
se hizo entrecortada y no fue capaz de articular palabra.
Adhara estaba tumbada con su hijo Fénix en brazos y
le vio allí de pie con uno de sus dardos en la mano
dispuesto a matarla.
Adhara miró a su hijo y a Rigel, a Rigel y a su hijo,
y un espantoso dolor interno, mayor al sentido en el nacimiento
de su hijo se apoderó de ella. Era un dolor de muerte.
Los soldados aún seguían fuera observando como
la Luna se comía al Sol en un intento desesperado de
acabar con el día.
Rigel miraba al niño. Ella era Adhara, ¿cómo
no la reconoció entonces? Si él hubiera sabido
que ella era Adhara nada de esto hubiera sucedido. Él
hubiera entregado toda su vida aquel día. En aquel
día que perdió, habría ganado una vida
entera, y ahora, en un solo día, había perdido
toda su vida.
El dardo cayó de su mano.
Levanto a Adhara y a su hijo. Vio en el rostro de ella la
marca de la muerte acelerada, el odio llevado al límite.
Sus ojos se habían convertido en dos oscuras manchas
faltas de vida, de aquella vida que él tuvo en sus
manos y amó hasta la locura.
Les permitió salir de la tienda. Él salió
tras ellos. Rigel se quedó parado viendo como Adhara
caminaba con su hijo en brazos. Aquel andar recordaba a un
anciano que realiza su último paseo antes de morir.
La Luna ya había huido del Sol. Y éste lucía
con una intensidad extraña. Los animales volvieron
a emitir sus sonidos. Un escorpión andaba cerca de
la tienda. Rigel se movió, y el escorpión asustado
clavó su cola en el tobillo de Rigel. Rigel aulló
por el dolor y al ver que fue lo que se lo había producido,
se dejó caer en la Tierra de rodillas, como pidiendo
clemencia.
-Adhara, Adhara...
Pero Adhara ya no le oía.
Adhara subió a lo alto de la montaña. Desde
arriba contempló la masacre que Rigel había
hecho con su pueblo. Vio a los niños muertos, a las
madres abrazadas a ellos, asesinadas todas después
de que los soldados las habían violado salvajemente,
los hombres destrozados por los soldados de Rigel en sus intentos
vanos de defender a sus familias. Todo desolado por el odio
permanente de un hombre que destruía la vida que no
tenía. Y lo más doloroso era ver el cuerpo de
su padre mutilado, tirado sobre la tierra, pasto de los buitres
que aquel amanecer vendrían a alimentarse.
Adhara miró a Polar, elevó a su bebe a las estrellas
y gritó con desesperación su rabia contenida
y su dolor. Su voz era una mezcla de muerte y vida juntas
ante la desolación que ahora su alma sentía.
Cogió la daga de su padre, besó a su hijo, fruto
de la unión de aquel hombre lleno de odio con ella,
y se lo clavó en el pecho. El niño ni siquiera
se dio cuenta. Su rostro siguió dormido. En aquel instante,
uno de los dardos de fuego salió de las manos aún
con vida de Rigel y se adentro en el corazón del Adhara.
Rigel murió en ese instante. Adhara cayó aún
con vida sobre las rocas, y en el último suspiro agonizante
dijo:
-Madre, no me lleves a tu lado, yo no soy una estrella. Yo
fui vida, di vida, cree vida y acabé con vida. Pero
soy muerte ahora. Y deseo morir para siempre. Lleva a Sirio
a tu lado. Iluminad el firmamento y olvidadme.
Adhara murió. El cielo se apagó de golpe. El
silencio llenó la tierra. El viento cesó. El
agua se calmó. No se movía nada.
La vida había terminado."
-Como veis ni siquiera fue una superviviente, murió,
junto con todo su pueblo, con honor y deshonor mezclados en
un instante, bajo la poderosa mirada de su madre, Polar.
Cuando Antón terminó de contar su historia era
ya de noche. El cielo estaba oscuro. Solo podíamos
ver claramente en aquel cielo tan negro, los reflejos de Polar,
que nos indicaban en cada momento, cual era el Norte.
Ni siquiera se oía al río. No se escuchaba mas
que nuestras respiraciones entrecortadas después de
haber oído la leyenda de Antón. No supimos que
decirnos, solo nos mirábamos y levantábamos
la vista al cielo buscando alguna otra estrella que nos volviera
a la realidad.
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