Pesadilla

El atardecer se desvanece lentamente entre sus oscuros brazos. Llega la noche inundando mis ojos con visiones de sueños felices después de un día ajetreado, lleno de sonrisas postizas y rostros desfigurados por jefes incompetentes y sobredosis de cafés. -Algún día dejaré ese maldito trabajo, no vale la pena tanto sufrimiento - Me dije, pero al notar mis bolsillos llenos me di cuenta que tristemente así soy feliz aunque sólo se da cada quince días.

Al fin, llego a la tranquilidad de mi hogar, ansiando acariciar sábanas bordadas de otras realidades, más añoradas que la vida real. Acometo el ritual de todas las noches, tales como ver televisión, hacer una rápida llamadita a algún amigo que hace mucho que no veo, comer un ligero bocado, y desprenderme de todas las suciedades de mi yo exterior e interior, drenados vergonzosamente con un pulcro aseo.

Ya es hora de dejar vagar la imaginación.

Me acuesto y dejo que mi cuerpo se acostumbre a la tranquilidad que despide la noche. Lentamente cierro mis ojos, dejándome guiar por la muerte insospechable. No sé cuánto tiempo llevo en ese estado, pero súbitamente un agudo dolor oprime mi pecho. Despierto aterrada.

Un sudor frío recorre todo mi cuerpo. Me incorporo sobre la cama, aún atontada, pero ciertamente asustada. Todos mis sentidos se agudizan, y percibo extraños ruidos provenientes de algún rincón de mi casa. Mi mente se estresa, palpita tan rápido como mi corazón lleno de pánico. Me propongo investigar lo que ocurre, así que dejo sigilosamente mi cama. Mis pies desnudos empiezan a doler por el penetrante frío del piso. Recorro mi habitación, aún pensando si lo que me propongo hacer no es un tanto descabellado, absurdo, exponiendo estúpidamente mi vida al peligro. Pero qué más da, ya estaba despierta, y no era la única dentro de mi casa. Me deslizo lentamente por los pasillos, presientiendo el peligro. La adrenalina fluye como poderoso río por mis venas, mis pupilas se dilatan aún más, pudiendover con mayor claridad a mi alrededor. Un paso indeciso, otro paso le siguey así voy hasta marcar mayor precisión en mi andar.

Presiento que estoy cerca, muy cerca de la muerte. Tengo miedo. Mis sentidos empiezan a engañarme, mi visión se desvanece a ratos. Mi casa se me hace un lugar irreconocible a veces. Tanteo muebles desvencijados, objetos grotescos, desesperadamente buscando cualquier cosa que me pueda defenderme, en caso tal de no estar sola. Un frágil adorno de porcelana, tal vez, lo tomo temblorosamente entre mis manos. Parece ser un arma efectiva para dejar inconsciente a cualquiera. Aquel ruido nuevamete; mi cobardía asoma. Estoy cerca, muy cerca, ya no puedo echarme atrás, es ahora o nunca.

Silencio.

Encuentro las ventanas abiertas, me acerco muy quedamente a ellas, y las cierro violentamente. No recuerdo haberlas abierto. Alguien estuvo aquí, pero indudablemente ya se fue.

Reviso puertas y el resto de las ventanas de mi casa. Regreso a mi habitación, nerviosa, casi al borde del colapso, pero nuevamente el terror más grande me invade al ver que aún sigo en mi cama, inmóvil, con una gran mancha escarlata rodeando las sábanas de mi lecho, con un puñal enterrado en mi pecho...

-¡Por Dios! Estoy... estoy... ¡Muerta! - Grité.

Despierto aterrada. Un sudor frío recorre todo mi cuerpo. Me incorporo de la cama, aún atontada, pero ciertamente asustada. El vago recuerdo de un puñal -Un puñal... un puñal- Mis manos desesperadamente recorren cada centímetro de mí, buscando algún objeto extraño incrustado en mi carne. Buscando la tibia sangre. No encuentro evidencia.

- Sólo fue un terrible sueño - Y respiro aliviada. Me acomodo y con valor me entrego nuevamente al desvarío de lo real, esperando otro despertar... Una vez más, rodeada de risas postizas, caras desfiguradas y otras sarta de porquerías que me hacen, extrañamente, feliz.


 
  Puro cuento | Kareen Terán