Ellos y Nosotros


Ninguno de los dos se sorprendió, de manera tan natural como los pájaros buscan a las pájaras, ellos pasaron del pequeño comedor a la recámara. De manera natural también dejaron a sus manos y sus labios hacer sobre las manos y los labios y la piel del otro. Fue también de la manera más natural que ellos se quedaron en silencio después de tres minutos de quehacer; en silencio total, sin gemidos y sin roces, valga decir que también se quedaron sin quehaceres; inmóviles. Ella sentada a horcajadas sobre las piernas firmes de él, él sentado sobre el borde de la cama sosteniendo uno de los muslos ya desnudos de ella con una mano y con la otra apoyada sobre la cama, soportando el peso de ambos. Durante tres segundos no respiraron, y la ciudad se sumergió en una apnea solidaria allá afuera, fue entonces que comenzaron a hablarse.

Se habían conocido hacía doce años y diez meses decía él. Hacía doce años y ni la madre que los parió a cada uno, sabía cuantos meses, Y qué carajos importa, Dijo él, Importa un carajo, Dijo ella, Pero pongamos que han sido diez años y diez meses y que hoy se cumplen y que lo estamos festejando viniendo a la cama juntos por primera vez, Concluyó él. En la sonrisa de ella encontró la afirmación y en los ojos verdes el pretexto para vencer la tentación de recapitular aquella escena en un restaurante de la ciudad vieja... pero sí él pudo vencer la tentación por qué no habríamos de vencerla nosotros, baste decir que ese día no se hablaron, aunque después se confesaran que se habían mirado. Y por si no bastase y porque es importante decirlo, diremos también que habrían de encontrarse dos meses y dos días más tarde, aunque esto ellos no lo recuerden.

Mientras ella escrutaba la mirada recia de aquél hombre que tantas veces le sorprendiera mirándola, él dejo vagar las cinco yemas de sus dedos por aquel muslo blanco en penumbra, ella dejó hacer descansando la manos sobre aquellos hombros que en doce años habían soportado las largas charlas, las subidas y las bajadas, esos mismos hombros que habían caído desfallecidos más de una vez sobre el pecho de ella y que lo habían mojado de lágrimas de desesperación o de esperanza. Cuándo dejamos de ser niños, preguntó ella, Por ratos, contestó él, Pero es que ya no lo somos más, insistió ella, Pero es que nunca lo fuimos totalmente y nunca lo dejaremos de ser totalmente, espetó él en tono cantarín, y mostrándole una sonrisa que ella conocía de comisura a comisura y que sin embargo hasta hoy, ahí sentados los dos en la orilla de su cama, se daba cuenta que cada una de las arrugas de los labios, su forma y hasta su eterna humedad, estaban grabados en su mente y en su corazón.

Era poco después de la media noche y habían pasado setenta y dos autos por la avenida que allá abajo, yacía despreocupada por la vida de los de acá arriba. Sin cambiar de postura, callaron un momento y se besaron; se besaron sin prisas y sin miedos como nunca lo habían hecho, sólo entonces dejaron de verse con los ojos, pero siguieron mirándose como se habían mirado durante doce años; con la mirada del que sabe que hay otro que está y para el que estamos aunque no esté. No es irónico, Preguntó ella, Después de todo no rompemos el cliché de que no hay amigos del sexo opuesto, sólo amantes reprimidos o amantes felices, No lo sé, hace tiempo que dejé de preocuparme por los clichés, en todo caso tal cliché no está roto, aun nos queda algo de ropa y algo de albedrío, Entonces perdámoslo.

Y perdieron el resto de la ropa y la mesura. Una a una cayeron las prendas, una de ella detrás de una de él y viceversa, hasta que todo fue un mar hecho de olas de pieles y con aroma a sales de amantes. Sin bien no sabemos si ellos perdieron el albedrío, era claro que los labios y las manos al menos lo habían hecho. Mientras los de ella besaban los párpados entornados, los de él atisbaban en cada poro del cuello de ella, caían de la barbilla hasta debajo de la oreja derecha y luego la recorrían por detrás mientras susurraba palabras ininteligibles pero que ella comprendía, con la perfección de los viejos amantes que suelen comprender cada paso de su pareja. Entonces él se detuvo otra vez a mirarla y ella respondió con ese fulgor esmeralda que tantas veces le había salvado la razón en otros tiempos. Creí que jamás te atreverías, Creí que jamás me atrevería, Qué pasó, qué cambió, Importa acaso, No, al menos ahora no me importa, quizá me importe mañana, pero ahora no, Quizá mañana no te lo quiera decir, Entonces bésame. Y se besaron, ya tumbados sobre el cubrecama, sin sentir frío, sin escuchar el ruido de los ciento veintiocho autos que pasaron por la avenida mientras duró el acto del amor, desde aquél beso solicitado hasta el despertar, cuando se encontró en un lecho vació, coronado por un taza de café frío, justo como a él le gustaba tomarlo, y las llaves de ese departamento que sería su hogar hasta doce años y diez meses más tarde, cuando moriría de enfisema pulmonar.


 
  Puro Cuento | Mauro Almeida