Erase
una vez...
Érase una vez que se era, un pastorcito
que atendía un rebaño de ovejas día
tras día. Era su oficio, el que aprendió de
su padre, y todos los días, sin fiestas, ni sábados,
ni domingos, llevaba a las ovejas (que eran de todo el pueblo)
hasta donde hubiera buenos pastos; las dejaba pastar, las
cuidaba para que no se le escaparan, y al llegar la noche,
las llevaba al redil a dormir. Cuando las ovejas habían
tenido corderetes, y éstos habían dejado de
mamar, las ordeñaba, y llevaba la leche al pueblo,
para hacer quesos. El pastorcito tenía dos perros
de carea (los que movían las ovejas de aquí
a allá) y un mastín. El mastín se llamaba
Rin y los otros, Risas y Rata. Rin era grandote y de movimientos
tranquilos, así como andan estos perros: un paso,
mueve la cabeza, otro paso, y pooc más. En cambio,
Risas y Rata eran vivos, ágiles y no paraban de controlar
a las ovejas. En realidad, eran ellos los que de verdad
trabajaban, ya que Rin, para lo único que estaba,
era para ahuyentar a los lobos cuando el invierno se volvía
duro y frío. Los lobos bajaban cerca de los pueblos;
entonces Rin les olía cuando se acercaban, se ponía
en pie, caminaba un poco fuera del rebaño, en dirección
al olor que le llegaba de los lobos, y en cuanto le veían,
se iban a buscar la comida a otra parte. En realidad, los
lobos no eran malos, lo que pasaba es que tenían
hambre, y con tanta nieve y hielo, a veces se les hacía
muy duro encontrar un poco de comida.
Risas y Rata, si venían los lobos, ladraban, pero
poco más hacían. No eran perros grandes, ni
tampoco demasiado valientes, pues no era su trabajo serlo.
Risas era blanco y negro y se llamaba así, porque
las pocas veces que estaba quieto, se sentaba y se quedaba
mirando con una cara que daba risa verlo. Rata tenía
el pelo tan corto y gris que le hacía parecer una
rata; era pequeño, un poco más grande que
una liebre, y tenía unos ojillos muy vivos.
Bueno, pues Pedro (¿qué no os dije que el
pastorcito se llamaba Pedro?), sus perros y su ganado, vivían
bien. No muy bien, pero bien. Y un día que Pedro
llevaba a las ovejas a unos pastos altos (altos porque estaban
muy arriba en la montaña, no porque fuera un pasto
muy alto de alto, ¿me entiendeis?), porque ya había
pasado el invierno, al pasar al lado de la ladera de una
montaña, los perros se quedaron muy quietos, mirando
y haciendo la muestra (la muestra es que se ponen tal que
así: silenciosos, parados, señalando con todo
el cuerpo un punto determinado...) hacia una cuevita pequeña
que había en la ladera. Un poco intrigado, el pastorcito
llamó a los perros mientras se acercaba a la cueva.
Sacó un encendedor que llevaba para hacer lumbre
a la hora de comer, y con su luz, entró un poco en
la cueva y vio... ¿a que no sabéis que vio?
Bueno, más que ver, primero oyó una mezcla
de gruñido y lloriqueo... -shhhhh, tranquilos-, les
decía a sus perros, (porque Rata y Risas tenían
los pelos del lomo de punta, y gruñían enseñando
los dientes). Llamó a Rin, el mastín, entró
un poco más en la cueva, y entonces ¡sí!.
Vio lo que hacía ese ruido raro, mezcla de gruñido
y lloriqueo, y era... ¡un lobo chiquitín!,
vamos, una cría pequeña de lobo, pero pequeña,
pequeña, mucho más que Rata. Aun siendo tan
pequeña, cuando Rin se acercó a olerle, le
enseñaba los dientes, jajajajaja, imaginaos una cosa
así de pequeña enseñando los dientes
a un pedazo de perro casi como un caballo, ¿a que
es de risa?. Pues la cría de lobo lo hacía,
¿a que era muy valiente?
-¿Y ahora que hago yo?-, pensaba el pastorcito, -siendo
tan pequeño no lo voy a dejar aquí solo, y
además parece que tiene hambre, humm- (la verdad
es que se le notaban las costillas). Así que decidió
llevarse a la cría de lobo. Se aproximó a
cogerlo, y el lobito, primero le enseñó los
dientes, pero el pastorcito, que era muy listo, bajó
la mano casi hasta el suelo para que viera que no le quería
hacer daño, y acercándose, lo tomó
en su mano y lo atrajo hacia su cara mientras salía
de la cueva. Risas y Rata saltaban a su alrededor porque
querían verlo, pero él no les dejaba que lo
tocaran; no fuera a ser que le hicieran daño. Llevó
las ovejas hasta un prado que había cerca, y aunque
no era todavía la hora de comer, ese día hizo
una excepción. Se sentó, sacó del zurrón
un poco de tocino y queso que llevaba, sacó también
el pan, y empezó a comer, y a darle al lobito unos
trocitos pequeños de tocino, que el lobito se comía
sin masticar casi, del hambre que tenía.
Después de beber, le puso un poco de agua en la mano,
y el lobito bebió, le puso otra vez, y otra vez bebió,
y así, hasta que ya no tuvo más sed. Mientras
descansaba un poco, dejó al lobito suelto; Risas
y Rata ya no le gruñían, sólo se acercaban
a olerle y lamerle el hocico y las orejitas. Le habían
admitido como uno más de ellos. Pero lo que al lobito
le gustaba más, era ir hasta donde dormitaba Rin,
para morderle sus orejotas y el rabo; sobre todo el rabo,
que Rin movía alegremente y el lobito saltaba hasta
alcanzarlo. A pesar de que el lobito tenía los dientes
muy finos, (seguro que le hacía daño alguna
vez), Rin no protestaba, y seguía moviendo el rabo,
medio adormilado.
Fueron pasando los días. El lobito caminaba casi
todo el día junto a Pedro, aunque a veces le tenía
que tomar en brazos porque se cansaba. Un día, cuando
el lobito jugaba con el rabo de Rin, Pedro se dio cuenta
que no le había puesto nombre, y pensando, pensando,
se acordó de una niña que había en
su pueblo, que era como el lobito de juguetona, Anita se
llamaba, y se dijo, -pues ahora te vas a llamar Nito-, y
desde ese momento, cuando se acercaba la hora de comer,
Pedro decía -¡Nitooo!-, le enseñaba
un trozo de tocino, y el lobito venía corriendo a
comer con Pedro; así aprendió que se llamaba
Nito, porque Pedro era muy listo y sabía como enseñar
a los perros a que hicieran lo que el quisiera.
Cuando llegó el otoño, Pedro bajó otra
vez con el rebaño hasta su pueblo. Nito ya se había
hecho grande, y tenía casi todo el aspecto de un
lobo, así que cuando Pedro encerró las ovejas
y se fue por la calle con sus perros, la gente veía
a Nito y se encerraban asustados en sus casas; Pedro se
partía de la risa, pero al llegar enfrente del Ayuntamiento,
salió el alcalde con una escopeta, porque un vecino
le había llamado por teléfono para decirle
que había un lobo en el pueblo. Pedro tuvo que sujetar
a Nito y demostrarle al alcalde que aunque era un lobo,
era muy manso. El alcalde se acercó con un poco de
miedo, lo tocó, lo acarició, y al ver que
Nito no hacía nada, le dijo a Pedro que se podía
quedar con él, aunque tenía que tener cuidado
y que debería vacunarlo como a los demás perros.
Pedro le dijo que sí al alcalde, que así lo
haría, pero que por favor, dijera todo el mundo que
Nito era tan manso como un perro, y que no le hicieran nada,
que él tampoco haría nada.
Poco a poco, Nito se iba encontrando cada vez más
a gusto con su vida con Pedro, Rin, Risas y Rata. Salían
cerquita del pueblo, Pedro le enseñaba a Nito a correr
detrás de las ovejas para llevarlas hacia donde él
quería, y cada vez que lo hacía bien, le daba
un trozo de tocino, que a Nito le encantaba, y así,
el lobo aprendió a ser un buen perro de pastor. En
realidad, lo que deseaba Nito, era terminar de jugar con
las ovejas (porque él creía que eso era un
juego), y volver corriendo con Rin, que era su mejor amigo
y el que soportaba mejor todos sus mordiscos juguetones.
Llegó la primavera siguiente. Pedro sacó el
rebaño, y a sus perros, y esta vez, Nito hizo el
camino de vuelta, montaña arriba, hacia los pastos
de altura. Nito, unas veces corría con Rata y Risas,
detrás de las ovejas, y otras, caminaba al lado de
Rin.
Después de casi un mes de caminar, llegaron a las
montañas. Mientras las ovejas pastaban, Pedro se
sentaba con Rin y Nito, sacaba su caramillo, y se ponía
a tocar. Y entonces, pasaba una cosa muy curiosa, que Nito
no entendía. Todos los sonidos del monte, la brisa,
el esquileo de los machos, el canto de los pájaros,
todo se callaba, y sólo se escuchaba el caramillo
de Pedro. Al principio Nito se creía que pasaba algo
y se ponía de pie, enderezaba las orejas y escuchaba,
pero al poco tiempo se acostumbró, y hacía
lo que Rin, se tumbaba a los pies de Pedro y mientras escuchaba,
se quedaba como dormido, pero sin dormirse.
Vosotr@s ¿os habéis dormido ya?. ¿Si?,
pues entonces mañana seguimos...
¿No?, pero ¿cómo?, ¿no tenéis
sueño?...mmmmm, bueno, continuemos entonces...
El tiempo transcurría en la montaña de esta
forma. Pedro, el pastor, vivía feliz y observaba
a Nito y a sus otros perros, cómo hacían su
trabajo, y también advertía que, a veces,
de noche, Nito se subía a unas rocas que estaban
un poco más altas, y cuando había luna llena,
aullaba. Al principio Rin se asustaba, y subia corriendo
a la roca creyendo que había lobos, pero al ver que
sólo era Nito, se queda tranquilo, y bajaba para
tranquilizar a Risas y a Rata. Lo más curioso de
todo, es que desde que Nito estaba con ellos, no volvieron
a ver aparecer lobos en las cercanías, por lo que
la vida de Rin cada vez era más tranquila.
Llegó el otoño. Bajaron de nuevo al pueblo.
Pasaron el invierno allí, y así un par de
años más, sin que hubiera novedades. Pero
al cuarto año, unos días antes de bajar otra
vez al pueblo, cayó una nevada fortísima en
la montaña, y Pedro y todos sus animales, se quedaron
atrapados arriba. Pedro tenía una especie de cabaña
de piedras, donde pasaba las noches cuando hacía
mucho frío junto a sus perros, y las ovejas tenían
un redil hecho de troncos y ramas largas de chopo, para
que no se escaparan, porque las ovejas son un poco tontas,
y a veces se ponen a comer hierba, y si las dejas, no paran,
caminan y caminan y luego no saben dónde están,
así que por la noche, las encerraba allí.
Pero con la nevada que había caído, los troncos
del redil se quedaron un poco bajos, y algunas de las más
tontas, comenzaron a caminar. Los perros empezaron a ladrar
al oirlas. Pedro se despertó (¿seguís
despiert@s?) y pensó en que tenía que salir,
¡con el frío que hacía! y sin ver apenas,
porque todavía era de noche; pero no podía
permitir que se le perdieran sus ovejas en la tormenta de
nieve. Entonces Pedro supo lo que valían sus perros.
Rin se puso cerca del redil, y cada vez que alguna quería
salirse, él ladraba con su voz grave "¡GUAU!"
y ni se movían. Mientras, Rata, Risas y Nito, cada
uno por un lado, empezaron a buscar a las que habían
salido, siguiendo los silbidos de Pedro, y poco a poco,
las fueron reuniendo. Cuando amaneció, sólo
faltaba una oveja. Loca se llamaba, porque Pedro ponía
nombres a sus ovejas, y las conocía a todas sin excepción.
Fijaos que es difícil, porque parecen todas iguales,
pero Pedro las distinguía perfectamente.
Pensó en lo que diría la gente del pueblo,
ya que nunca había perdido una oveja, así
que empezó a preocuparse de verdad.
Dejó a Risas y a Rata con el rebaño, llamó
a Rin y a Nito, y empezó a buscar a Loca. Pero con
la nieve, el paisaje que tan bien conocía , había
cambiado, y no quería alejarse demasiado de su rebaño,
no fuera a ser que vinieran los lobos. Comenzó a
dar vueltas alrededor del rebaño, ampliando los círculos
cada vez más, e intentando rastrear las huellas de
su oveja. Así estaba, sin saber muy bien por dónde
podría haberse ido la tonta de Loca, cuando vio a
lo lejos, varios lobos. Iban corriendo, porque los lobos
se pasan casi todo el tiempo corriendo cuando van de caza,
y se dirigían a una hondonada, por la que pasaba
un arroyo que Pedro conocía. Miró a Nito,
y sin tener que decirle nada, Nito comenzó a correr
también, y Rin detrás, hacia la hondonada.
Corrieron los tres tan rápido, que llegaron antes
que los lobos, y allí estaba la tonta, balando -¡beeee,
beeeee, beeeee!-, llamando la atención. Bajaron corriendo,
tropezándose, para llegar antes de que la atraparan
los lobos; al llegar, Pedro la cogió de las patas,
y se la echó a la espalda. Intentó subir con
ella, pero ya habían llegado los lobos, ¡eran
por lo menos seis o siete!, y no tenían pinta de
querer irse por las buenas. Pedro sacó unas tiras
de cuero del zurrón, ató las patas de la oveja,
la dejó en el suelo, sacó la honda y las piedras,
y allí empezó la batalla. Al principio, con
la honda y las piedras, acertó a algún lobo,
pero poco a poco, estos empezaron a perderle el miedo, y
cada vez se acercaban más. Pedro mandó a Rin
y a Nito que rodearan a la oveja, y el mismo Pedro, con
su cayada, tapaba el otro hueco. Los lobos se acercaban
más y más, y de pronto, cuando estaban muy
cerca, a una señal de Pedro, los tres se fueron hacia
los lobos. Pedro, de un golpe, casi mató a uno. Nito
estaba enzarzado con otro, mientras que otro lobo intentaba
morderle por detrás, y Rin tenía dominado
a otro. Pedro fue a ayudar a Nito, pero por detrás
de un montón de nieve, le saltó encima un
lobo que no había visto y se cayó al suelo.
El lobo iba a morderle el cuello, pero Pedro sacó
rápidamente una navajilla que llevaba en el bolso
y se la clavó. No es que le hiciera mucha herida,
porque era pequeña, pero el lobo salió corriendo.
Con todo este follón, un lobo se había acercado
a la oveja, y tirando de ella, se la llevaba. Al verlo Pedro,
recuperó su cayada, y tirándola rastrera,
le dio al lobo en las patas, y otro más que salió
huyendo. Mientras, Rin había malherido al que se
enfrentó, y lo propio había hecho Nito con
los dos que se las tuvo. La nieve estaba roja de sangre
de las heridas, pero la oveja estaba viva, y aunque con
mordeduras, Nito y Rin también estaban bien. Cargó
Pedro a la oveja, y se dirigieron todos al redil. Dejó
a Loca con las demás, curó a Nito, que era
el que tenía heridas más grandes, mientras
Risas y Rata lamían las heridas de Rin. Luego encendió
fuego, y arregló el redil para que estuviera un poco
más alto y no se volvieran a escapar. Se fueron las
nubes, salió el sol derritiendo la nieve lo suficiente
para que pudieran encontrar los caminos de bajada.
Cuando llegaron al pueblo, todos los habitantes les esperaban
en las afueras, porque se habían enterado de la gran
nevada, y estaban muy preocupados. Todos corrieron a abrazarle,
y sobre todo, para preguntarle cómo le había
ido, ¡apenas le dejaban encerrar las ovejas! Cuando
por fin las encerró, le llevaron casi en volandas
al bar del pueblo, para que les contara cosas. Pedro llamó
a los perros, para que fueran con él, y cuando le
pusieron un café y unas tostadas, y se las comió,
vio que la gente estaba en ascuas esperando que les contara,
lo mismito que yo os he contado. Cuando terminó de
contar, todos le querían invitar a que tomara cosas;
él les dijo a todos que si le invitaban a él,
también tenían que invitar a sus perros, porque
si no hubiera sido por ellos, no habría podido volver
con el rebaño completo. El alcalde, que para estas
cosas valía mucho, dijo que desde ese momento, sus
perros, pero sobre todo Rin y Nito, sería los perros
de pastor oficiales del pueblo, y que nunca más les
faltaría comida, que entre todos los del pueblo les
cuidarían, incluso cuando fueran viejos y ya no sirvieran
para cuidar el ganado, y que a nadie se le ocurriera molestarles,
que puesto que habían cuidado tan bien del ganado
de todos, también de todos era la responsabilidad
de cuidarles. La verdad es que a todos les gustó
el discurso que hizo el señor alcalde, porque no
tenían muchas oportunidades de escucharle discursos,
así que casi fue una fiesta. Y desde ese día,
hay un lobo que camina por las calles de mi pueblo.
Ahora que Rin murió de viejo el pobrecito, camina
solo Nito, al que ahora llaman Lobo solitario.
Fin.