El café

PParís es frío en noviembre, al menos para mí es endemoniadamente frío; casi insoportablemente frío que no sé si tenga algo de demoníaco, pero es así. Diciembre se hace más llevadero entre el vino de las fiestas y la fiesta que se hace al vino y a la lujuria, para celebrar un fecha que tiene poco que ver con esto, pero que al final es una forma de celebrar; la más vieja, quizá, la más común, seguro. Apenas era día 20; los diez días que faltaban para recibir el cheque de la agencia no me persuadieron de salir a buscar una cerveza y también, por qué no, algo más.
El café estaba lleno de gente como todos los días, y tan vacío de almas, como toda la vida. Definitivamente, lo que necesitaba no estaba en ese café; a pesar de no saber lo que buscaba, tenía la certeza de que ese "algo" no se hallaba ahí. Pagué por el ron que había bebido sentado en la barra y salí a la calle buscando sus silencios. Crucé Montparnase sorteando los charcos. Me interné por una callejuela de la que no recuerdo su nombre, la misma que me llevaba a mi cuarto de quinientos francos al mes, incluida la lavandería. Había caminado seis o siete cuadras cuando noté la lluvia; esa maldita lluvia fina de París, que de tan fina, se mete hasta los huesos, traspasando el impermeable, como traspasa Juan la puerta de su casa. Seguramente llovía desde que salí del café, pues yo estaba empapado. Odio esa lluvia de París que tanto amo.
Caminé más de una hora hasta llegar a las luces de Merchant du poissonieres, doblé a la izquierda y la miré através dela lluvia. Fumaba bajo un paraguas, como si para ella no lloviese: zapatos de tacón de aguja en ante negro; medias negras de malla, que seguramente tendrían una raya negra en la parte posterior de la pierna donde no alcanzaba a ver; falda de cuero negro, cubriendo muy poco del cuero blanco, cubierto a su vez por seda negra y pensamientos negros (míos); blusa roja de punto y chaqueta también negra, brillante, plástico de algún tipo. O ella, o yo, o ambos, habíamos visto muchas películas de prostitutas parisienses. Crucé la calle y me metí debajo del paraguas. Pedí un cigarro en español y me contestó en español -qué tío-. Sabía que me contestaría en perfecto castellano; no sé por qué, pero lo sabía. Me extendió la mano con una caja de Gitanes casi vacía. La mirada llena de desgano, oteaba la calle en busca de un transeúnte con más probabilidades de ser cliente. Tomé el cigarrillo sin dejar de mirar el rostro ausente, pensando en el acento que quería ser español, pero que seguramente escondía otro, colombiano me pareció a primer oido. - ¿Esperando a un amigo?- pregunté más estúpida que retóricamente. - Te esperaba a ti pero veo que vas de paso- Encendió un cigarrillo. Fumamos. No intentó sacarme de debajo del paraguas. Terminamos el cigarrillo al mismo tiempo, lo tiramos en la vereda, y dejamos que el agua lo apagara; ya corría un riachuelo junto a la banqueta.
Desperté con la luz del alba. Casi nunca lo hago y cuando esto pasa, me vuelvo a dormir. Lo bueno de ser corresponsal de un diario con oficinas a trece mil kilómetros de París, es que uno puede levantarse tarde; las noticias no pasan temprano casi nunca y cuando suceden, a uno le despierta el teléfono o algún semi-sentido de corresponsal en el extranjero. Tardé más de tres minutos en comprender qué hacía ella ahí. La noche anterior no estaba tan borracho, sólo había tomado dos vasos de ron en el cuarto y uno más en el café; quizá me había embriagado con la lluvia.
Ahí estaba Olivia, porque así la llamé desde aquél día, tendida de bruces en la parte de la cama que estaba pegada a la pared. Las medias de seda (o imitación), envolviendo las piernas que a luz de aquella mañana, eran más hermosas que la noche anterior; la falda aun en su lugar, resguardando unas nalgas redondas y firmes; no tenía la chaqueta, pero la blusa de punto seguía en su sitio, negándose a mostrar una espalda larga y delgada. Necesitaba café y memoria.
El café estuvo listo muy pronto; sabía amargo; la memoria no volvió. A Olivia la pude haber conocido en Valparaíso, en el antro aquél donde solíamos recalar los viernes por la noche, para beber mojitos entre cubanos recién escapados de la Isla y llegados hasta Chile por medios misteriosos; hubiese bailado con ella hasta que cerraran el antro, hasta que parados en la tibia madrugada del puerto, me hubiera pedido que la llevara a su casa de playa ancha. Luego me corregí, o sólo me asaltó otra idea; pude haberla conocido en México, en mi surrealista ciudad de México, en el metro, debajo del reloj dirección cuatro caminos de la estación Zócalo, a media noche, en el último tren, el que lleva los vagones del final vacíos casi siempre, y le hubiera hecho el amor allí mismo; muchas noches de regreso a casa, solo en el vagón del metro, soñaba que entraba una mujer de piernas hermosas y falda de cuero, y le hacía el amor, en el sueño no hacían falta condones, a Olivia le hubiera hecho el amor en ese vagón sin lugar a dudas ni miedos de SIDA. Se revolvió en la cama y dejó el rostro hacia el techo, sin mirar, pues seguía dormida. Miré en el bolsillo de mi impermeable que colgaba de la esquina del ropero; mi billetera seguí ahí, y los billetes dentro de ella. Volví a mirarle el rostro: era blanco, la nariz afilada, los ojos serían azules, no lo recordaba de la noche anterior, pero serían azules y harían juego con el pelo teñido recientemente de rubio. Podría haberla conocido en Buenos Aires, en la cervecería aquella a la entrada de La Boca donde sería camarera; aquella cervecería donde se habría molestado por llamarla "mina", sin saber yo que la ofendería; pero hubiésemos salido de ahí abrazados y en un taxi negro, conducidos hasta mi cuarto en el hotel Montevide,o dónde nos quedaríamos dormidos como ella lo hacía ahora. Tomé otro sorbo de café, estaba despertando y la imaginé sentada en una mesa del mercado del puerto, en la capital de la república oriental del Uruguay, almorzando un domingo mientras yo tomaba copitas de medio y medio hasta vaciar la botella y vaciar mi vista en ella; se habría sonreído y yo también, con una risa estúpida de borracho mañanero; habríamos salidos juntos de ahí, caminando sin rumbo para matar la tarde, conversando en una banca de la rambla, mirando al mar y contándonos cosas superfluas que después serían importantes, habríamos seguido ahí sentados hasta el amanecer. La taza estaba vacía; tan vacía como mi vida desde que no la conocí en Valparaíso en la Habana falsa ni en el vagón del metro, ni en el barrio de La Boca y mucho menos aquél día en Montevideo. Llené la taza de café nuevamente.

 
  Puro cuento | Emanuel Torres