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Reencuentro
Generalmente, a las nueve de la noche, la casa estaba silenciosa
y desordenada. Clara había terminado su distraído
rito cotidiano, los niños dormían y la mesa
del comedor aún estaba con los platos sucios de la
cena.
Dormitando, se incorporó de la cama. Tras amamantar
al menor de sus dos pequeños, se quedó un rato
parada en la puerta de la habitación. Le sorprendió
de pronto, ver su mustia figura dibujada en el vidrio del
aparador. Como queriendo escabullirse, retiró la mirada;
pero era inevitable, ya se había percatado de su estado.
Se sacudió la pereza y se dispuso a poner un poco de
orden.
Recogió los juguetes repartidos por la alfombra, retiró
la mesa, lavó la loza y ordenó medianamente
la sala. Buscó un par de toallas limpias para darse
una ducha. Después de hacerlo, se cubrió el
cuerpo con su bata, y mientras se secaba bruscamente el pelo,
se miró en el espejo. A pesar del momento que estaba
viviendo, su rostro le pareció armonioso y cálido.
Llevaba mucho tiempo de no verse y no dejarse ver. Como queriendo
reparar tanto descuido, tomó las tijeras y se hizo
un par de flecos, que caían coquetos en su frente.
Volvió nuevamente a la sala y prendió el televisor;
estaban dando clases de flamenco. Sin darse cuenta de cómo,
se concentró y comenzó a seguir las instrucciones;
poco a poco, la música la fue llevando; sin ser una
erudita en estas artes, dejó escapar aquella noche
toda su pasión en unos cuantos pasos inventados. Sus
manos y brazos desplegados, derramaban hasta las yemas de
sus dedos, toda aquella amargura que traía contenida.
Violentamente, esta danza fue dejando escapar la congoja que
llevaba dentro; bajando suavemente los brazos y ondulando
su pesada anatomía, dejó caer su bata. Ya desnuda,
la envolvía el calor, y comenzaba a reírse a
carcajadas. Bailaba, bailaba y se reía, bailaba y se
reía. De pronto, se desplomó sobre la alfombra,
y se quedó allí tendida con la cabeza apoyada
sobre su brazo izquierdo mirándose los pliegues de
la mano. Enseguida paseó su vista por su cuerpo. Primero
se detuvo en su vientre. Ya empezaba a abultarse; tenía
meses de embarazo y por primera vez lo vio con alegría;
pasó su mano por su abdomen, como queriendo acariciar
a la criatura. Hasta ahora no quería asumirla, y un
extraño sentimiento de culpa, la condujo a aproximarse
a ella. Le puso un nombre y le cantó una nana. Después,
deslizó su índice suavemente por su cintura
llegando hasta a sus senos, y se quedó detenida en
la palidez y transparencia de su piel; parecían dos
mapas físicos del mundo al mostrar el relieve de sus
venas.
En eso estaba, cuando se percató que Manuel la miraba
apoyado en la pared de la entrada de la sala.
Él estaba sonriendo. Su mirada tenía un dejo
de nostalgia. Llevaba un buen rato contemplándola.
Hacía mucho tiempo, quizás años, (ya
ni eso sabía con certeza), que no veía a Clara
viva. Con un gesto le pidió que se quedara quieta y
silenciosa. Se acercó quitándose la ropa y se
tendió desnudo junto a ella. Comenzó por ordenar
su pelo aún humedecido, la besó con ternura
en la frente y la abrazó fuertemente, lentamente, como
si recién se estuviesen descubriendo. Recorrieron sus
cuerpos con sus bocas, dejando en cada centímetro de
piel, un beso tibio. Hicieron el amor desesperados, buscando
reparar tantas ausencias. Luego, se quedaron allí,
mojados hasta el alma y abatidos. Hubiesen preferido quedarse
silenciosos, mas era ineludible la palabra.
El dialogo, los llevó a sacudir de sus entrañas,
sentires y apegos, carencias y anhelos, posibilidades y cambios,
principios y finales. Las culpas no faltaron. Reproches y
recriminaciones se asomaron, sin dar paso después a
las disculpas, pero esta vez, antes de subir el tono de las
voces, como un pacto de paz, concordaron en que ese encuentro,
era por fin, la forma menos tormentosa de una despedida.
Clara no estaba ni dolida, ni extrañada. Manuel tenía
razón. Ya hacía mucho tiempo que a pesar de
llegar, no estaba en casa y en cuanto a las querencias, ¿cómo
podía pedir a otros, lo que ella misma no se procuraba?.
Al siguiente día se levantó temprano; preparó
el desayuno de sus hijos y los llevó a la guardería.
Nada estaba distinto, excepto por el brillo que estaba tomando
su mirada. Fue a la casa de una amiga a dejarle las llaves
de su casa. Le pidió que por favor fuera hasta allá,
y cambiara el orden de los muebles a su antojo. Enseguida
tomó corriendo el autobús, deambuló observando
las vitrinas de las tiendas. Finalmente entró a una
y se compró un vestido anaranjado, un perfume y un
brillo para labios. Dejo allí la ropa que llevaba puesta,
y salió renovada al menos en su forma. Cruzando el
puente de la ciudad que la llevaba hasta casa, poco a poco
empezó a apurar el paso, caminaba y contemplaba lo
hermoso del paisaje; así, abruptamente comenzaba a
reconciliarse con su espacio y su tiempo. La tibieza del sol,
la suave brisa, fueron los primeros en jugar con ella nuevamente,
comenzaba a sonreír de una manera más definitiva.
Confusamente el tiempo es relativo y no se puede afirmar si
es tarde o es temprano, pero la conformaba, que al margen
de los saldos de la vida, aún sin medir lo ganado y
lo perdido, no era tan doloroso renacer.
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